“Sí, la lectura, la formación del espíritu crítico de
los jóvenes están en el centro de las luchas
políticas y sociales de hoy.” Marc Soriano
Los supuestos que sustentan a la promoción de la lectura, han sido ampliamente difundidos, explicados y probados. Los beneficios que aporta la misma a la formación de las personas, al fortalecimiento de su subjetividad, más allá de su necesidad o interés académico, son tema recurrente y apasionante en todos los encuentros profesionales, en los que nos reunimos a intercambiar opiniones sobre esta actividad tan importante e inherente a la condición humana.
Sería interesante reflexionar sobre la necesidad de desarrollar planes de promoción de la lectura en unidades académicas donde se dictan carreras docentes, con el objetivo de proporcionar diversidad de textos a los alumnos, formadores en formación, para que, a través del disfrute y la reflexión sobre los mismos, adquieran una práctica lectora edificante con miras a la transmisión de tales objetivos para con sus futuros alumnos. Y que dichos planes, no se den de forma aislada, sino dentro de un marco político-educativo que aliente y de lineamientos para desarrollar estos proyectos.
¿Conocen maestros y bibliotecarios a los que no les guste leer? ¿Qué pasó durante la formación de grado de estas personas? Quizá pasó –o no pasó- algo que debiéramos ir pensando en cambiar.
Estamos hablando de adultos, en su mayoría jóvenes recién salidos de la escuela media, que traen consigo todas las dificultades que ésta plantea, y además, su propio bagaje y experiencias, buenas y malas, acerca de la lectura, muchas veces limitada a la obligatoriedad escolar. La relación con la lectura se construye y se co-construye a través de toda la vida, debiera ser tan natural como la relación con la comida, por ejemplo. Pero muchas veces esto no ocurre, y cuando son jóvenes y adultos los que se acercan por primera vez a la lectura por placer, lo hacen seguramente desde el prejuicio de lo vivido, quizá desde la frustración.
Es que cuando pensamos en promover la lectura, debemos hacerlo tratando de abarcar la mayor cantidad de ámbitos posibles, porque aún en aquellos donde los libros aparentan estar al alcance de las personas, son éstas quienes no tienen el hábito de acercarse a ellos por motivación propia, cuando es de esperar que más tarde, sean animadores por sí mismos. Es evidente que no se puede ser promotor de la lectura si no se es ante todo lector. No se puede transmitir placer por la actividad que sea, si no se conoce y disfruta ese placer. Los futuros docentes, que debieron ser lectores por naturaleza, se encuentran muchas veces con serias dificultades de lectura y comprensión de textos durante su formación académica, la que dificultaría su avance en la misma y con el tiempo dificultará también su ejercicio profesional como promotores de una lectura placentera y significativa.
Es responsabilidad de sus docentes y de los bibliotecarios que se desempeñen en las instituciones de formación docente y aún, en bibliotecas públicas, que no pase desapercibida esta dificultad, porque es seria e ignorándola sólo la profundizamos y llevamos nuestros objetivos al fracaso. Es otra deuda de las muchas que es necesario saldar a nivel educativo. Tomando el razonamiento de Paulo Freire en “Cartas a quien pretende enseñar”, debemos asumir que la docencia debe ser seria, comprometida, pero a la vez placentera y afectuosa. Decía el pedagogo brasilero: “Leer es una opción inteligente, difícil, exigente, pero gratificante. Nadie lee o estudia auténticamente si no asume, frente al texto o al objeto de la curiosidad, la forma crítica de ser o de estar siendo sujeto de la curiosidad, sujeto de lectura, sujeto del proceso de conocer en el que se encuentra. […]La lectura de la palabra, […] nos remite ahora a la lectura anterior del mundo.” También decía que: “Si el estudiar no fuese para nosotros casi siempre una carga, si leer no fuese una obligación amarga […] tendríamos índices que revelarían una mejor calidad en nuestra educación.”
Quizá el problema se deba a experiencias previas que no sólo no han sido gratificantes, sino que les pueden haber provocado frustración, o simplemente, desinterés. Pueden no haberse encontrado con “la ocasión”[1] de una experiencia de lectura libre y plena, que es también una experiencia con el lenguaje propio y ajeno. Desaprender lo aprendido, subvertir esa experiencia en el sentido de producción de sentido, explicado en palabras del filósofo Jorge Larrosa que dice: “…dar a leer exige devolverles a las palabras esa ilegibilidad que les es propia y que han perdido al insertarse demasiado cómodamente en nuestro sentido común. Para dar a leer es preciso ese gesto a veces violento de problematizar lo evidente, de convertir en desconocido lo demasiado conocido, de devolverle una cierta oscuridad a lo que parece claro, de abrir una cierta ilegibilidad en lo que es demasiado legible”. Qué lindo sería despertar la curiosidad como si fueran chicos en quienes parecen dueños de este mundo tan desconcertante.
Es que leer es más, mucho más que decir unas cuantas palabras de corrido, que descifrar algunos signos que con los años brinden un título que los habilite para una salida laboral. La comprensión y el goce de los textos no se da mágicamente, quien lee debe hacer un esfuerzo y persistir en él para obtener resultados satisfactorios. La resistencia que ofrece ese texto, debe ser asumida y desafiada, por propia elección. Y debe asumirse también, que ese “estudiar”, para un docente o bibliotecario – y en los tiempos que corren para todo el mundo – es un esfuerzo que deberá hacerse toda la vida. La lectura del docente formará luego parte de su praxis, en tanto práctica reflexiva, que no dará frutos sin un ejercicio crítico de tal lectura.
La habilidad, el espíritu curioso que nos lleva a leer, no siempre depende de cada uno, a veces es necesario que alguien lo despierte. Los docentes debieran ser protagonistas del despertar de esa curiosidad en sus alumnos, pero ¿cómo despertar en otro lo que aún no se aventuró en uno mismo? Pareciera ser esta la clave, la llave que abre la puerta de nuestra incertidumbre sobre las dificultades de lectura de los chicos y de los futuros docentes en formación, que deberán leer para otros y con otros, verdad imposible si antes no leyeron para sí.
En palabras de la profesora Elisa Boland: “La recepción del texto es una experiencia estética y por lo tanto social, porque se da en la cultura y según pautas, modelos de identificación y reglas sociales de funcionamiento, pero también es una experiencia íntima y personal, donde cada lector dialoga con el texto de manera única, donde el texto literario es como una red de conexiones, es escritura y es lectura. Es una superficie donde se tejen los lazos de sentido de dos subjetividades. Donde además del efecto buscado por el autor, el lector, con su actividad de lectura provoca el diálogo a partir del horizonte de sus experiencias, intereses, deseos, necesidades conectados con su historia.” El sustento de esta reflexión radica en la práctica de lectura que hagan los alumnos, desde una diversidad de textos y desde la posibilidad que se den a ellos mismos de tener diversas miradas sobre los mismos textos.
Según Emilia Ferreiro, la pluralidad de textos en la escuela es interpretada como peligrosa, en lugar de verse como una oportunidad, o como una “ocasión”, a decir de Graciela Montes, lo que demuestra que los libros no están presentes en el proceso de capacitación de los docentes. Dejar leer sin control, da inseguridad y desestabiliza la multiplicidad de posibilidades que otorga un mismo texto, peor aún, si son textos desconocidos por el maestro o profesor, lo cuál es necesario subvertir dándole a estos mismos la oportunidad de la diversidad y la reflexión.
Otra experta dice “Las lecturas del niño, sus selecciones, sus posibilidades o --imposibilidades – de lectura, dependen, pues, muy estrechamente de la concepción que su maestro tenga de los libros y de la lectura”.[2]
Además, tendrán que acostumbrarse a seleccionar en esa diversidad abrumadora para sus alumnos, por lo que deberán primero, aprender a seleccionar para sí mismos, y eso, no se puede hacer felizmente sin una práctica lectora firme.
Instamos con humildad a un trabajo serio y necesario en la formación académica de docentes y bibliotecarios, con bibliografía pertinente y como comienzo o continuación de un camino del “perpetuo amor” que es la lectura para quienes la amamos y tratamos de transmitir ese amor a otros.

2 comentarios:
Primera vez que no concuerdo con ud cuando razona
Venias bien hasta que mencionastes la selección previa. Cosa para mi inconsistente con el espíritu de búsqueda.
El alumno debe tener que él elegir y probar y nadie por él
Solo leyendo basofias se disfruta de algo bueno.
Una cosa no quita la otra. Lo de la "selección previa" que te molesta tanto implica una intencionalidad pedagógica, no una censura. Quién no ha leído basofias! Brindo por la libertad del lector.
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